Como si un poco de glucosa fuera a devólverme el maldito órgano que solía bombear sangre enferma a todo mi cuerpo. Como si pudiera regresarme los esquemas paralelos que tenía y que ahora no son más que el vano recuerdo de los planes que tenía. Como si pudiera hablar en plural alguna vez…
Entonces alguién me receta azúcar, y aún no he entendido si es para destruir los escasos sistemas que me quedan o para pintarme un cuento patético acompañado de esas frases ordinarias de cajón que todos dicen cuando una está fuera del alcance del remedio de la compañia. Compartir un espacio definido y bien determinado con alguién no incomoda en lo absoluto, claro, mientras fuerzas ajenas a mi capacidad de reconocimiento no interfieran en la armonia que quisiera plantear, pero no es así, siempre interfiere y termino haciendo algo para que la compañia se reduzca a mi persona.
No es que tenga problemas, más bien es impotencia de no poder transportarme a la dimensión desconocida (para mí) y tan común en ellos.
Y cuando no puedes ascender, viene un ser desconocido, como cualquier transeúnte de la Calle 00, a hablarte, a decirte que le falta azúcar a tu vida, que le pongas ingredientes dulces.
Yo solo le digo
-¿es que eso elevará mi alma?
Como si en verdad me interesara elevarla.
¿Qué parte de descenso no entendió el maldito?, arriba no hay lugar para mi. Si tan solo tuviera fuego para fundir el azúcar y con ella fundirme yo.